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Regionales
03 de Octubre de 2009
Departamento Cruz del Eje. El Quicho

El Quicho: un oasis olvidado en el desierto

Se cumplieron 22 años del descubrimiento de la anomalía geotérmica y se erige como el monumento provincial al desaprovechamiento hídrico: 13,87 billones de litros de agua potable dilapidados en los salitrales.

Una fuente que se agota en el tiempo
Escasos días atrás, en una fría mañana de 1987, una perforación a la búsqueda de agua potable para la minúscula escuela rural Rubén Darío en el paraje El Quicho descubrió a 212 metros de profundidad un milagro de la naturaleza: una anomalía geotérmica de un surgente de agua apta para uso humano y animal con una temperatura estable de 40 grados centígrados, a escasa distancia de la inmensa soledad de las Salinas Grandes.
Estos 22 años transcurridos, desde el descubrimiento por la entonces Dirección Provincial de Hidráulica, no solo han sido de olvido y abandono, sino un auténtico despilfarro de billones de litros de agua ante la carencia de infraestructura alguna para su aprovechamiento, tanto en el plano termal para su uso terapéutico como de abastecimiento regional para uso humano y riego, en una extensa zona de secano extremo donde el agua se cotiza más que el oro y es un bien inalcanzable ante las características topográficas.                                      
Ubicada a 245 kilómetros de Córdoba capital, se accede por un intransitable camino donde los guadales y las cortaderas desafían a los osados desandando los 25 kilómetros distante de la localidad cruzdelejeña de Serrezuela, ubicada a 14 del límite con La Rioja.
En esas soledades, de escasa vegetación achaparrada y salpicada de escasos ranchos, donde el frío cala los huesos en los inviernos y los veranos calcina cuánta vegetación asoma de la tierra, solo se puede ver a algún paisano inclinado sobre su caballo con el sombrero calado hasta los ojos desafiando las inclemencias.
Ese es el crudo paisaje donde aún sobreviven las aguas termales del pozo artesiano de El Quicho, son su interminable cascada las 24 horas del día, que fluye por el mismo caño carente de válvula de contención desde hace 22 años y una antigua bañadera, que algún ocasional visitante obsequió al lugar, enclavada en una hoya natural como suerte de improvisada y carente pileta de natación.
Luego el despropósito del agua dilapidada, que se pierde a lo lejos sin utilización alguna y termina absorbida por el suelo altamente salitroso.
A su vera lo sigue acompañando el rancho de adobe y paja de siempre, como mudo testigo que por esas comarcas nada cambia con el transcurso del tiempo, cuestión que parece dar fe la cercana y minúscula capilla de San Isidro, de la cuál nadie tan siquiera puede dar testimonio como fue a parar al lugar. Solo la escuelita rural asoma como único vestigio humano (Ver: Cinco corazones de salitre).  

Anomalía y soledad
El descubrimiento del surgente geotérmico de El Quicho en 1987, no es un caso aislado en el noroeste provincial con la especial salvedad que en su caso puntual las aguas son aptas para uso humano y animal, en una región que se encuentra a dos kilómetros del llamado Camino de la Costa que enmarca las Salinas Grandes.
Forma parte de una superficie de 2 mil kilómetros cuadrados, que abarca parte del vecino departamento Minas, en las cercanías de los poblados de Piedritas Blancos y El Chacho, y las pedanías Pichanas y Guasapampa.
En la superficie, este campo mesotérmico se asemeja a un desierto, con carencia total de recursos hidrológicos y condiciones climáticas durísimas, nulas lluvias y temperaturas que rozan en verano los 50 grados centígrados.
Al momento de la perforación y llegando a los 212 metros de profundidad se encontró una napa de agua, con una presión de cuatro atmósferas de surgencia, con un caudal originario de 144 mil litros por hora, a una temperatura estable de 40 grados centígrados.
Las aguas de la fuente mesotermal de El Quicho fueron objeto de análisis de suelos y aguas en esa fecha, por parte del Instituto de Geología Aplicada dependiente de la Secretaría de Minería provincial, contando con la colaboración de la Secretaría de Ciencia y Tecnología.
Más allá de sus propiedades curativas, no determinadas exactamente a la fecha oficialmente a pesar del tiempo transcurrido (solo geólogos particulares la afirman), se determinó que es agua “es potable y apta para consumo humano y animal”.
Luego de estos estudios y que técnicos provinciales conectaran la red de esta agua potable a la escuela rural Rubén Darío, El Quicho transitó 17 años de total ausencia oficial en el lugar, tendiente al aprovechamiento de sus aguas o mejoras estructurales.
Las cuestiones se despertaron sorpresivamente el 21 de julio de 2004, aunque solo en los papeles y despachos de la Legislatura de Córdoba. En esa fecha y sobre tablas fue aprobada la ley 9.171, expropiando las 13 hectáreas del lugar “para ser afectadas a la concreción de un complejo turístico para el aprovechamiento de las aguas termales del pozo artesiano”.
Transcurridos cinco años, de la promulgación de la ley, no se hizo tan siquiera mejora alguna.
Este nuevo bache hasta la fecha fue solo cortado por una circunstancia anecdótica. En mayo de 2006, ante un informe de este medio, el entonces director de la ex Dipas (actualmente Recursos Hídricos) Luis Giovine ordenó poner una válvula para contener el derroche de agua: duró escasamente un mes y fue sustraída, hasta nuestros días no fue reemplazada y el torrente sigue brotando del ya histórico caño original de tres pulgadas.   

Billones de litros
A través de estos 22 años el caudal del surgente de El Quicho ha decrecido a todas luces. Un cálculo del geólogo Pablo Undiano, que tiempo atrás mensuró (aforó) el caudal “el surgente produce 72 mil litros por hora, comparativamente a los 140 mil originarios, por la sobre explotación”.
Undiano es un destacado profesional que se especializa en búsqueda de agua en el noroeste y norte provinciales. Apuntó justamente a “una actitud poco conservacionista”.
Más allá del caudal que ha decrecido, un cálculo al vuelo hace presuponer que se dilapidaron 13,874 billones de litros de agua en estos 22 años, que no fueron entubados y aprovechados para uso humano u explotación productiva alguna.
Para el intendente Juan Martín de Serrezuela, los reclamos no han cesado en 10 años que lleva al frente de la Municipalidad. “Han pasado muchos gobiernos centrales y siempre pedimos se hiciera algo para paliar la desocupación de la región, podría ser una fuente de ingresos muy importante. Como lo sería entubar el agua para usarla en la localidad: pero todo sigue igual que en 1987”, se lamentó.
Hoy por hoy, el balance de estos 22 años señala un pasado irrecuperable en cuanto al desaprovechamiento hídrico de El Quicho en una región históricamente socioeconómica deprimida.

Cinco corazones de salitre
Trasponer las puertas de la escuela rural Rubén Darío de El Quicho, es un tanto recorrer de un pantallazo la historia de la sufrida región y sus costumbrismos, con sus raíces clavadas tres siglos atrás.
Basta mirar los ojos y la fresca sonrisa de Fátima (7), Darío (8), Nieves (10), Laura (11) y Marcos (11). Son los cinco alumnitos que recorren a pie, a caballo o en mula más de 10 kilómetros diarios entre polvaderales de color ocre, para escuchar la campana y abrazarse con su maestra Norma Gómez.  
Y cada uno relata en los trabajos la vida de sus familias, la crianza de ganado caprino o vacuno, las tareas en estos yermos campos acosados por la sequía y el olvido. La inclaudicable lucha por sobrevivir y no abandonar el terruño.
Pero no desertan de los sueños, los renuevan cada día con el tañir de esa campana.

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