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HISTORIAS DE VIDA
22 de Julio de 2007

Por qué soy tanguera

Por Alicia Hebe Contursi

Nieta de Pascual Contursi (Mi noche triste, Bandoneón arrabalero, Flor de fango…) e hija de José María Contursi (En esta tarde gris, Sombras nada más, Tabaco…) desnuda sus sentimientos y escribe para Letra VIVA Digital.
Es periodista de Diario UNO, Radio Nihuil y Canal 7, de la Provincia de Mendoza. Asistente de lujo al 24ª Festival Nacional de Tango y Milonga 2007.

“El tango se hereda” dijo alguna vez Rubén Juárez. Doy testimonio. Cuando me preguntan por qué soy tanguera me es difícil explicarlo. Porque cuando siento el bandoneón de Troilo vibro entera. Porque el Mudo me hace llorar. Porque Adios Nonino, Barrio de Tango, Yuyo Verde o Tinta Roja -entre tantos otros - me llevan al éxtasis.
Pero no puedo separar todo eso de la figura de mi padre. Mi padre. Profundo y tierno, fuerte y emotivo. Qué privilegio ser una de sus hijas. No por lo que representa dentro de las letras de tango sino por el amor, la entrega y todo lo que me dio. Ahora, mirando retrospectivamente aquellos años en los que crecí a su lado, comprendo. Lo comprendo.
Nací un año después de que él escribiera Gricel, una historia verídica. La de un amor que dejó para volver con mi madre, Alina. No tengo nada que reprocharle ni lo juzgo. No es sabio juzgar. Le agradezco que estuvo conmigo hasta que me hice grande. Y que, cuando a mis inmaduros 13 años falleció mamá, volvió a hacer otra entrega de amor paternal: dejó la vida nocturna. El “Duque de la calle Corrientes” se dedicó a cuidar a sus cuatro hijos (mis dos hermanas mayores y mi hermano menor, hoy fallecido).
La vida fue dura con él. Lo que le dio de fama se lo cobró en dolor. ¿Destino o autocastigo de su alma? Primero la temprana y contenciosa separación de sus padres. Seis meses con uno y seis con el otro. Seis meses lejos de ella, con prohibición siquiera de verla. Contaba que lloraba espiando la ventana desde la vereda de enfrente. Cada uno de ellos con otra pareja, en una época en que esto era vergonzoso. Pupilo en varios Colegios. A sus 20 años Pascual se hundió en su propia Noche Triste: la oscuridad de su razón. Años después su madre, mi abuela Hilda, por el mismo camino. Cuando supo que debía internarla lloró “como un niño abandonado” (Garras). En 1951 murieron sus amigos Manzi y Discépolo. Y cuatro años después se quedó sin su compañera y madre de sus hijos, la que tenía la piel con la tersura de un jazmín. Lo había anticipado años antes, porque los médicos le habían anunciado el triste final que se avecinaba, ineluctable. “Me faltas tú, con tu piel de jazmín/ me faltas tú, con tu voz, tu reir./ Y en la terrible tortura /de mis noches tan dramáticas y oscuras/ escucho siempre tu voz,/ toco tu piel, tu piel de raso y de jazmín” (Tu piel de jazmín). Cuando lo escribió mamá todavía vivía. Relató lo que sabía iba a protagonizar. Después, a sólo meses de concretada su temida viudez, la caída de Perón lo dejó sin su otro amor: SADAIC. La Libertadora puso un gobierno interventor en la Sociedad de la cual Cátulo Castillo era presidente y papá Secretario General por segunda vez. Su propia gente lo cuestionó. El era un luchador de los derechos de autor. Dijeron que había robado (“Del árbol caído…”). No encontraron nada porque no había nada que encontrar. Una anécdota graciosa: un desubicado lo acusó públicamente y en su ausencia, en una reunión de autores, de “haber traído con fondos de Sadaic una compañía francesa de Revista”. Julián Centeya, amigo fiel y veraz, respondió con su habitual chispa: “Si Contursi trajo una compañía de bataclanas la debe haber hecho actuar no en la calle Corrientes, sino en un sótano, porque nadie se enteró”. Pero hablaban de él. En 1956 se apagó la vida de su madre en el nosocomio. Allí fue donde el hombre fuerte se quebró. Cayó en una profunda depresión que le duró años. No salía de casa, del departamento de Chaco 20, 3er piso H, donde había nacido mi hermano Lolo y donde había muerto mi madre.
Ya en 1960, yo tenía el tiempo contado entre mi desempeño como maestra de grado y mis estudios en la Universidad del Salvador (donde terminé la Licenciatura en Filosofía y fui más tarde profesora titular). Le preparaba el almuerzo que compartíamos y él lo prolongaba pidiéndome de una u otra forma que le dedicara momentos. Charlábamos y escuchábamos tangos. Vuelven a mi cabeza las notas de A fuego lento por Pichuco, una de sus obras preferidas. “Pichu” era su entrañable y alejado amigo.
Recuerdo una vez que me dijo, haciendo gala de una autocrítica no exenta de humor: “Yo puedo repetir con Cadícamo Lejana Buenos Aires, que linda que has de estar; porque hace años que no voy al centro ni veo a mis amigos”. Algunos llegaban. Por ejemplo Rodríguez Lezende, ya viejo. Tomaban vino tinto. Luego papá le pedía “cantame algo” Se creaba un clima solemne, como de misa. Silencio y la voz a capella, crecía… Callejera, Siga el Corso e, infaltable, Mi noche triste.

¿Qué por qué soy tanguera?... No lo sé.


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