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Personajes
23 de Junio de 2007

Demetrio Miciu-Nicolaevici asume su herencia de pintor

Abrevó en las fuentes de Konstantino, su padre retratista, y se refleja en la genialidad de Georg, el hermano menor. Cada día huye del recuerdo del exilio de Moldavia, escapa del horror de las bombas en Viena y hace honor a tres generaciones emparentadas con el arte.

Por: José Hernández. Periodista

La casa es de madera, de dos plantas, casi idílica. Como una premonición de su confesión final., la luz todo lo invade. Mientras la espátula se mueve inquieta en sus fuertes manos., Demetrio Miciu-Nicolaevici emprende, en la tela virgen, una nueva búsqueda del amor.
El ventanal, el paisaje serrano y la gris mañana le arriman los recuerdos que van brotando lentos, desde lejanos parajes. Son bellezas y horrores que graban a fuego la personalidad, mientras desde la pared su mirada de niño espía desde el cuadro que pintó el retratista Konstantino, su padre rumano.
Es un chico melancólico, de 13 años, que ya había conocido el exilio como primera prueba de fuego. Abandonó precipitadamente Rumania, a orillas del mar Negro, anduvo el Danubio y recaló en la Viena del vals y los sueños. La tierra natal, donde los Miciu-Nicolaevici gozaban de posición y prestigio había quedado atrás ante los peligros de la guerra. En esa zona estratégica, Rumania era presa fácil de los ataques alemanes y rusos.
La monarquía - con el rey Miguel a la cabeza – no estuvo ajena a los vaivenes políticos que envolvieron a su abuela paterno y cuando nadie pensaba emigrar la realidad golpeó las puertas y Demetrio emprendió el exilio con sus padres. Corría 1940 y el nazismo demencial bañaba de sangre a Europa, en la guerra más cruenta que se recuerde.
Austria y su dulce Viena no fueron justamente un refugio de paz, mientras Konstantino mantenía decorosamente a su familia con retratista, aunque fuera impensable para esos momentos. Mientras, completaba su formación artística en la escuela de bellas artes de la ciudad.
Demetrio guarda especiales recuerdos de aquellos días que marcarían para siempre su vida y su destino de artista, esa imperiosa necesidad de quebrar las sombras del pasado e iluminar el futuro en cada óleo.
Cuenta que cuando paseaba por los parques de Viena, con su padre y amigos, sonaban las alarmas y el silbido de las bombas eran un juego más. Las risas brotaban cuando los restos incandescentes de los cartuchos aintiaéreos, que caían por doquier, chirriaban en el agua, al rojo vivo.
Sin saberlo, cada escena quedó grabada en su retina, hasta la miseria que arribó a fines de la guerra que obligó a sus padres a refugiarse en la región de los lagos de Austria. La pérdida de todo lo material y aquel precario vagón de ferrocarril que fue su hogar por largo tiempo, nada quedó en el olvido, todo quedó escrito en lo más íntimo.

Destino de luz
No deja de recordar que la sabiduría, humildad y modestia de su padre Konstantino todo lo pudo en los momentos adversos. Ese hombre que durante toda su vida vivió de la pintura, dedicado a pleno a su pasión.
Prácticamente en la miseria, nace su hermano Georg, quién enfermó de pulmonía y cambió el carácter de su madre, que por largos años vivió solo para cuidarlo.
Luego parten de la Europa de posguerra en 1949 y embarcan hacia Buenos Aires. Los Miciu-Nicolaevici recalaron en un hotel para inmigrantes, sin hablar una sola palabra de castellano. Aún así, su padre fue imponiendo el sello de genialidad que lo caracterizó como retratista.
Demetrio prepara las telas, cincelaba los marcos, se sumergía en el mundo de su padre, pero aún la hora no había llegado. No sentía el llamado imperioso e ineludible de la creación. Así se convirtió en ingeniero civil y se vio atraído por los puentes, los mismos que años después lo guiarían por el camino marcado por Konstantino: “Tú tienes que pintar, Demetrio. El talento se hereda”, le decía su padre, que en 1969 se radicó en Villa Giardino, Provincia de Córdoba, para siempre.
Demetrio lo siguió un año después y recaló en la vecina localidad de La Falda, cuándo lo arrastraba el arduo trabajo de ingeniero y no había tiempo para el pensamiento. Mientras, sus dos hijos, se hacían grandes y su hermano Georg brillaba con luz propia en las galerías del mundo.
Pero llegó la hora y comenzó tímidamente a pintar marinas, a introducirse en ese mundo sin regresos, haciendo honor a la sangre y “a elevar la mirada y percibir la riqueza de la vida”, como él mismo afirma.
Entonces, el living de la casa de madera, casi idílica, comenzó a colmarse de cuadros. En cada rincón brilló la luz tan ansiada y la espátula no descansó más sobre la tela, por temor a perderla.
Demetrio, por fin, luego de larga búsqueda encontró el esquivo camino que conducía a su liberación interna y a desterrar los miedos y angustias del pasado, jamás confesados, siquiera íntimamente.
Desde entonces pinta y lleva con alegría el apellido de renombre. A cualquier paisaje le arrebata los secretos. Es un esclavo de formas y colores y eterno prisionero de la creación.

Las emociones
Uno tras otro, se suceden los nombres de los óleos: Estancia Jesuítica, Playa con viento, Barcos viejos, Reflejos dorados, Paisaje urbano, Puerto de pescadores, La casa de la ladera, Bote solitario, Historia y primavera, Capillita… Son los rayos de luz que brotan incansables y la mano que empuña la espátula los inmortaliza en cada trazo.
“Pintaba hacía un tiempo, pero no quería mostrar la obra”, confiesa. Pero un día se produjo el milagro para el rumano de corazón cansado. “Me di cuenta por el rostro de la gente: lograba las mismas emociones que yo sentía. Porque el arte entra por los ojos, pero anida en el corazón”, termina afirmando Demetrio, mientras la luz que ocultaban las nubes entra a raudales por el ventanal, en la fría mañana invernal.
Afirma: “Entonces tomé el compromiso. Reflejé todo aquello que me impacta, que me asombra, en ese paralelismo tan particular con lo espiritual, irreproducible con las meras palabras”.
Así relata el nacimiento de la pasión este artista enamorado de la luz. “Es concordante con mi vida”, nos dice mirándonos a los ojos, para descargar la emoción final: “Lo único que puede sacarnos de las tinieblas es el amor, la luz en definitiva”.
El abrazo y el adiós. Se cierra la puerta y afuera sobrecoge el viento frío: hay que enfrentar las propias tinieblas, las que Miciu alejó para siempre.

Una historia que nace en el Mar Negro, en Rumania, y se prologa en imágenes hasta su refugio serrano de La Falda


En esta página, se reproducen los siguientes óleos de autoría de Demetrio Miciu-Nicolaevici:

Catedral de Cruz del Eje - Costa rocosa - San José de la Dormida
Casa del compositor - Antigua Capilla de Candonga - Bote solitario - Ischilín - El puente de los ingleses - Campo de girasoles.




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