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Crítica cinematográfica (*)
11 de Junio de 2007

El ojo privatizado: el cine en casa



El otro molesta, incomoda, aparentemente. El otro que masca su pochoclo, que se inclina, que osa poner sus pies en el respaldo delantero. Ese otro también ríe en pasajes que no entiendo. Está a mi lado, atrás, al fondo, incluso en la segunda fila, se desparrama frente a la pantalla: ¿qué ve? Hay alguien en la oscuridad que ve lo mismo que yo aunque parece ver otra cosa. ¿Por qué no evitar al lejano? Es la hora del cine en casa. ¿Usted ya compró su
home theater?
Por: Roger Alan Koza. Crítico de cine

Existe un cortometraje llamado Por primera vez. Su responsable es Octavio Cortázar, un realizador cubano. En 1967 Cortázar registra la labor de un cinemóvil en tierras cubanas. La revolución recién ha comenzado, y la cultura es un bien y un derecho colectivo.
Cortázar entrevista a los habitantes de Las Mulas, zona rural, periférica, dignamente humilde. La mayoría de los campesinos no han visto jamás una película. Se les pregunta qué entienden por cine. Una mujer dice que allí se puede ver mujeres hermosas, matrimonios, batallas, lugares desconocidos. Cortázar dedica el último tramo de Por primera vez a mostrar la primera mirada de un pueblo ante una imagen. Sí, miran el pasaje del tiempo condensado en luz, definición física y (meta)física de la imagen en movimiento, es decir del cine. Probablemente no lo entendieron así, pues la escena se circunscribe a descubrir en la mirada de esa gente la esencia popular del cine, la fascinación de ver junto a otros aunque en plena soberanía de sí mismos, imágenes del mundo, lo otro del mundo, su alteridad. Así, los niños, las madres y los campesinos perdían su virginidad cinematográfica. Ojos brillantes, sorprendidos e hipnotizados quizás, por un Chaplin que mastica mecánicamente un choclo en Tiempos modernos. El último plano de Por primera vez es conmovedor. Una panorámica permite ver la oscuridad infinita de la aldea en contraste con una luz, la del cine, en el centro exacto del encuadre. El pueblo reunido por el cine, en el cine.
Es este tipo de experiencia colectiva lo que está por extinguirse ante la supuesta democratización del cine en casa. El fin de un ritual en la penumbra en donde muchos desconocidos de un pueblo o una ciudad se reúnen, allende los intereses particulares, pertenencia de clase, y gustos personales, a constatar y rememorar, incluso bajo la excusa del entretenimiento, una promesa, tal vez la verosimilitud de una esperanza de que otro tipo de vida es posible.
Se podría objetar diciendo que todavía la gente ama ir al cine, como lo confirman las largas filas de los multiplex que organizan un tipo de programación cada vez más alejado de un cine como experiencia de mundo. En efecto, imagínese una versión de Por primera vez proyectando el sadismo pop de Rodríguez y su posfotográfica La ciudad del pecado. Sea como fuere el futuro del cine es dudoso, tanto en su producción como en su consumo, si quiere utilizar un vocabulario en consonancia con la ideología dominante.
En efecto, así como un modelo narrativo, el de Hollywood, se impone triunfalmente, su correlato arquitectónico, la “multiplexación” de las salas deviene en norma y costumbre. La aparición del home theater, su ostensible éxito de venta, es la continuación de una lógica cultural determinada que se inicia con la erosión y reemplazo de la sala de arte por el multiplex, hasta coronarse ahora en su versión miniaturizada, el home theater. En otras palabras, aquello que el genial realizador Jacques Tati advertía en Jour de Fête en 1947 como la americanización del mundo puede verificarse en estas fases sucesivas de la historia de cómo vemos cine y en dónde se lo recepciona. ¿No es la naturalización de este único sistema narrativo llamado Hollywood, la conversión y conquista casi irreparable del cine como una sucursal metalingüística del inglés?
La americanización del cine (y del mundo) es estructuralmente eficiente. Primero la consolidación de una gramática única: el cine se escribe de una sola manera. Después la aspiración de una pragmática: el cine se lo ve de un modo exclusivo. El home theater es el dispositivo perfecto de una ideología victoriosa, la americanización del ojo en su máxima pureza; en consonancia, lógicamente, con la consolidada tendencia a la miniaturización infinita de toda invención tecnológica. En efecto, el natural suplemento del cine en casa es la notebook, el DVD portátil, el celular, extensiones móviles de un deseo que privatiza el acto de ver, cuya práctica ya alcanza a los vuelos internacionales de clase turista en la que el pasajero puede elegir entre 40 títulos recientes para mirar un film en una pantalla plana colocada en el respaldo del asiento siguiente.
Entonces: un sujeto atomizado mira cómodamente una película. Está solo en su mundo. Protegido y domesticado por su espacio familiar (o serializado en una espacio de tránsito) no se atreve a pasar del otro lado de la pantalla, el lugar de la alteridad. Una soledad sin pueblo. Un cine sin pueblo.


(*) Fotografía: Flavia de la Fuente




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